Los vi ensayar sus votos como si yo no existiera: mi marido multimillonario con su traje perfecto y mi media hermana de blanco. —Más fuerte —rió—. Me lo merezco perfecto. Me apreté el vientre. —¿De verdad vas a hacerme esto? Él se inclinó, helado: —Engordaste, te volviste aburrida. No me avergüences. Ella sonrió, dulce como veneno: —Yo criaré a su heredero mejor que tú. Cuando el oficiante dijo “¿Aceptas…?”, las puertas se azotaron. Una voz grave cortó la capilla: —¡Detengan la boda! Todos se giraron, y él palideció: el secreto que ocultó avanzaba directo al altar.
Los vi ensayar los votos como si yo fuera aire. Mi esposo, Alejandro Montoya, el hombre que salía en revistas por sus inversiones y sus trajes hechos a medida, repetía cada frase con una sonrisa que ya no me pertenecía. A su lado, mi media hermana Claudia Rivas, envuelta en un vestido blanco que parecía…