Después de que mi esposo falleció, conseguí un nuevo trabajo y empecé a reconstruir mi vida poco a poco. Cada día, al pasar frente a la biblioteca, dejaba unas monedas a un anciano sin hogar que siempre estaba sentado allí. Nunca decía nada; solo me miraba en silencio, como si ya nos conociéramos desde hace tiempo. Un día, cuando me agaché como de costumbre para dejarle el dinero, de repente me agarró la mano con fuerza. Me miró fijamente y dijo en voz baja: —Has sido demasiado buena conmigo. Esta noche no vuelvas a tu casa. Quédate en un hotel. Mañana te mostraré algo.
Después de la muerte de mi esposo, Daniel, mi vida quedó suspendida en un silencio incómodo. Me llamo Lucía Morales, tengo treinta y seis años y aprendí a sobrevivir con rutinas estrictas para no pensar demasiado. Conseguí un nuevo trabajo como administrativa en una empresa de seguros cerca del centro de Valencia, y cada mañana…