Mi hija, embarazada de nueve meses, apareció en mi puerta a las cinco de la madrugada con la cara llena de moretones. —Mamá… mi marido me pegó —lloró, con la voz rota. Entonces sonó el teléfono. Era mi yerno, gruñendo con desprecio: —No tiene idea con quién se está metiendo. Lo que él no sabía era que esa “madre vieja” a la que intentaba intimidar no era una mujer cualquiera: yo era una ex investigadora de policía, y durante veinte años me dediqué a meter en prisión a hombres exactamente como él.
A las 5:03 de la madrugada, el timbre sonó como una alarma. Abrí la puerta todavía en bata y me encontré a mi hija Lucía, con el vientre enorme de nueve meses, temblando bajo la luz del portal. Tenía el labio partido, un pómulo morado y la mirada rota. —Mamá… —sollozó—. Mi marido me pegó….