Durante diez años, fui la “madre soltera” del pueblo, el blanco de las risas en cada cafetería. Aprendí a sonreír mientras escuchaba los cuchicheos, a ahorrar hasta el último céntimo y a tragarme el orgullo. Entonces, una tarde, un coche negro y elegante se deslizó hasta la verja del colegio y se detuvo justo a nuestro lado. Mi hijo se quedó paralizado. Del vehículo bajó un hombre: traje a medida, mirada conocida. —Mamá… ¿quién es ese? —susurró. El hombre me miró fijamente y dijo: —Te he estado buscando durante diez años. Y, de repente, todo el pueblo guardó silencio…
Durante diez años, en San Bartolomé de la Sierra, yo fui “la madre soltera” del pueblo. No era un título: era un murmullo que se colaba en cada mesa del café y en cada cola del mercado. Me llamo Lucía Morales. Aprendí a sonreír con los labios tensos, a no responder, a seguir andando. Trabajaba…