Con ocho meses de embarazo, seguí a mi marido a su fiesta de ascenso, sonriendo hasta que me dolían las mejillas. Pero sus ojos no se apartaban de su secretaria: demasiado suaves, demasiado hambrientos. —¿Estás bien? —susurré. Él se rió, alzó su copa y dijo: —Ya que eres tan curiosa… vamos a hacerlo público. Entonces se giró hacia la sala. —Preguntadle quién es el padre. Las carcajadas me golpearon como bofetadas… hasta que las puertas se abrieron de par en par. Entraron tres hombres con traje. Mis hermanos. Multimillonarios. Y el orgullo de mi marido empezó a derrumbarse.
Con ocho meses de embarazo, seguí a Javier hasta el salón del Hotel Castellana con una sonrisa pegada a la cara. Me había puesto el vestido azul que él decía que “me estiliza”, aunque a esas alturas nada disimulaba mi barriga. La fiesta era por su ascenso: director comercial, aplausos, fotos, copas de cava. Yo…