Pensé que lo más difícil sería firmar los papeles: vender la granja que mi difunto esposo me dejó. Entonces llegaron mis dos hijos con sus esposas, sonriendo como lobos. —Mamá, reparte el dinero. Ahora mismo —dijo mi hijo mayor. Me aferré al bolso. —Esta es mi pensión. La necesito para vivir. Su esposa se burló: —No seas egoísta. La habitación pareció venirse abajo. Sonó un puñetazo. Caí al suelo, con sabor a sangre en la boca. Y fue entonces cuando vi las verdaderas caras de mis hijos.
Pensé que lo más difícil sería firmar los papeles: vender la finca que mi difunto esposo, Javier, me dejó. Se llamaba La Encina, unas pocas hectáreas de olivos y un almacén pequeño donde guardábamos herramientas, sacos de abono y los recuerdos de toda una vida. Llevaba meses sin dormir bien. El banco apretaba, la pensión…