Mi padrastro me golpeaba todos los días como si fuera una forma de entretenimiento. Un día me rompió el brazo y, cuando me llevaron al hospital, mi madre dijo: «Fue porque se cayó accidentalmente de la bicicleta». En cuanto el médico me vio, tomó el teléfono y llamó al 112.
Me llamo Lucía Fernández, y durante años aprendí a medir el tiempo por los golpes. No era una metáfora. Cada tarde, cuando mi padrastro Javier Morales llegaba a casa, yo sabía exactamente cuánto faltaba para que empezara “su diversión”. Así lo llamaba él. Para mí era terror puro. Los golpes no eran castigos ni estallidos…