En la fiesta de ascenso de mi esposo, las copas de cristal tintineaban y los aplausos llenaban el salón. De pronto, su amante dio un paso al frente y me abofeteó con fuerza en el rostro. Se escucharon jadeos de sorpresa por todas partes. Mi marido se echó a reír. —Relájate —dijo con una sonrisa burlona. La mejilla me ardía, pero yo sonreí. Porque mientras la música subía de volumen y las miradas se apartaban, me susurré a mí misma: disfruta este momento. Minutos después, aquella celebración se convirtió en mi venganza.
En la fiesta de ascenso de mi marido, Alejandro Rivas, todo brillaba: las copas de cristal tintineaban, los trajes caros olían a perfume importado y los aplausos subían y bajaban como una marea bien ensayada. Yo estaba a su lado, con una sonrisa tranquila, interpretando el papel de esposa orgullosa. Llevábamos doce años de matrimonio,…