Todavía podía escuchar su risa resonando en la sala del tribunal. —Eres demasiado pobre para contratar a un abogado —se burló mi esposo mientras yo permanecía de pie, completamente sola. Incluso algunos espectadores sonrieron con desprecio, convencidos de que todo había terminado para mí. Decidí representarme a mí misma. Cuando por fin me levanté y pronuncié mi primera frase, el juez alzó la vista de golpe. Las risas se apagaron. La sonrisa de mi esposo desapareció. Y en ese instante, todo cambió.
Todavía podía escuchar su risa rebotando contra las paredes del juzgado. Era una risa segura, cruel, de alguien que se cree vencedor antes de que empiece la partida. “Eres demasiado pobre para contratar a un abogado”, se burló mi esposo, Javier Morales, al verme de pie, sola, sin nadie a mi lado. Algunas personas en…