En la habitación del hospital, observé con horror cómo mi hermana se arrancaba el tubo de oxígeno y comenzaba a gritar desesperadamente: —¡Ayuda! ¡Ella lo hizo! ¡Quiere quedarse con mi casa, por eso está intentando matarme! Mis padres entraron corriendo al escuchar los gritos, y antes de que pudiera decir una sola palabra, mi madre agarró el soporte metálico del suero y lo lanzó con todas sus fuerzas contra mi vientre de ocho meses de embarazo. —¿Cómo te atreves a intentar asesinar a tu hermana? —gritó llena de furia. El dolor fue tan intenso que todo se volvió negro y perdí el conocimiento. Cuando desperté, el médico estaba inclinado sobre mí, con el rostro serio, y me dijo en voz baja: —Hay algo que necesitas saber sobre tu bebé…
En la habitación blanca y fría del hospital San Gabriel, yo, Lucía Morales, estaba sentada al borde de la cama, con mi vientre de ocho meses marcando cada respiración. Mi hermana menor, Carolina, yacía en la cama de al lado, supuestamente débil, conectada a tubos y monitores. Todo había empezado esa mañana, cuando mis padres…