Acaricié mi vientre embarazado con una mano, mientras con la otra apretaba los dedos de mi hija, rodeadas por el torbellino del centro comercial. Ella tiró de mi manga y susurró: “Mamá… ese es papá”. Levanté la vista y sentí que el corazón se me desplomaba sobre el suelo de mármol. Él se estaba riendo, con la mano posesiva en la cintura de una desconocida. Lo oí murmurar: “Tranquila. Mi esposa nunca vendría aquí”. Tragué saliva con fuerza, aplastando el recibo en mi puño: el nombre del propietario impreso en negrita. El mío. Y él no tenía ni idea de en qué reino acababa de entrar.
Apreté la mano sobre mi vientre de siete meses mientras con la otra sostenía los dedos de Lucía, que iba saltando de escaparate en escaparate. Habíamos venido al centro comercial Santa Aurora para comprar unas sandalias cómodas y unas medias para el uniforme del colegio. Nada extraordinario: un sábado de calor, música de fondo, el…