Mi vientre se raspó contra las baldosas frías mientras me arrastraba hacia la luz del garaje; cada respiración me sabía a metal. —Por favor… sólo déjame sentarme en el coche— susurré, con la mano temblándome sobre la manija de la puerta. Dentro, él ni siquiera me miró. Ella sí —sonriendo—. —Estás siendo dramática— dijo mi marido. Entonces la sombra detrás de ellos se movió, y la voz de mi padre —tensa, desconocida— cortó el aire: —Así que esto es lo que le has hecho a mi hija—. No sabía qué dolía más: la traición… o lo que él haría después.
Me raspé el vientre contra las baldosas frías mientras me arrastraba hacia la luz del garaje, como si esa bombilla amarillenta fuera lo único firme en una noche que se me deshacía. Cada respiración me sabía a metal; no era sangre, era miedo, y ese miedo tenía el gusto de la vergüenza. El teléfono había…