Dejé el teléfono de mi nuera sobre la mesa y no paraba de sonar. En la pantalla aparecía: “Mi hijo”. Pero él estaba justo a mi lado, mirando la TV. Con la voz temblorosa contesté: “¿Aló?”. Entonces una mujer susurró: “Por fin… pensé que usted nunca lo descubriría”. Se me heló la sangre. Mi hijo sonreía como si nada. Tragué saliva: “Dime la verdad… ¿quién eres?”.
Me llamo Lucía Herrera, tengo 52 años y siempre pensé que en mi casa no entraban los secretos… hasta aquella tarde. Marina, mi nuera, vino con prisas a dejar unos papeles y, al irse, olvidó su móvil sobre la encimera. No habían pasado ni diez minutos cuando el teléfono empezó a sonar sin parar, como…