Mi madre se rió en medio del pasillo del supermercado. “¿Cansada de qué, Marta, si no hiciste nada con tu vida?”. Lo dijo alto, claro, con la caja abierta y gente mirando. Yo asentí. Siempre lo hacía. Porque en mi familia, responder era faltar al respeto. Y callar… era sobrevivir. Pero esa vez, el silencio pesó más que nunca.
Tengo 47 años. Me llamo Marta Gómez. Y todavía camino un paso detrás de mi madre cuando entramos juntas a un supermercado. Ese día, el aire olía a fruta madura y detergente barato. Era martes. Todo era normal. Demasiado normal para lo que estaba a punto de pasar. Mi madre, Carmen, empujaba el carrito con…