“Es solo una cena familiar, por favor”, me suplicó Javier. Llegaron doce de sus parientes. Comieron, bebieron, rieron… sin mirar precios. Cuando el camarero dejó la cuenta: 1.000 euros. Mi suegra Carmen sonrió como quien gana una apuesta. —“Cariño, ¿pagas en efectivo o con tarjeta?” Sonreí, abrí mi bolso… Y el silencio que vino después los destrozó por dentro.
Me llamo Lucía Álvarez, tengo 42 años y siempre creí que el amor también era aprender a ceder.Aquella noche acepté ir a cenar con la familia de Javier porque él me lo pidió casi con vergüenza. —“Es algo pequeño, nada serio.” El restaurante en Madrid era elegante, luminoso, caro. Ya ahí sentí el primer nudo…