Tenía 53 años, sin marido, sin negocio, y con 40 dólares manchados de vergüenza en el bolsillo. “Solo será un pinchazo”, me dije. Entonces la enfermera susurró, pálida: “Señora… su sangre no existe”. Sentí el suelo ceder. El médico irrumpió: “Un multimillonario morirá sin usted. Su familia pagará cualquier cifra”. Mi corazón gritó una sola pregunta: ¿cuánto vale mi sangre… y mi dignidad?
Me llamo Carmen Álvarez y a los 53 años aprendí lo rápido que una vida puede desmoronarse. Mi marido, Javier, se fue el mismo día que cerré la persiana de mi tienda por última vez. “Ya no eres la mujer con la que me casé”, dijo, mirando el suelo. No discutí. No tenía fuerzas. Me…