En la fiesta de Navidad de mis hijos, vi cómo todos recibían regalos… menos yo. “No encontramos nada que fuera para tu edad ni para tus gustos”, dijeron mientras me ponían una bandeja en las manos como si yo fuera invisible. Sonreí, tomé el micrófono y susurré: “Entonces escuchen bien… porque el último regalo lo traje yo”. Nadie estaba preparado para lo que dije después.
Me llamo Carmen Ortega, tengo cincuenta y ocho años, y hasta esa Nochebuena creía que una humillación familiar solo dolía mientras ocurría. Me equivocaba. Duele antes, cuando empiezas a notar los gestos; duele durante, cuando finges que no entiendes; y duele más después, cuando comprendes que todo había sido preparado. La fiesta era en la…