Llegué a la cabaña de mi hijo buscando paz, pero al quinto día el cuidador me sujetó del brazo y gritó, temblando: “¡Váyase ahora mismo antes de que él regrese! ¡Sígame al cobertizo del bote!”. Sentí que el corazón se me detenía. Cuando vi lo que mi hijo había escondido allí, apenas pude respirar. En ese instante entendí que no conocía al hombre que llamé mi hijo… y lo peor aún no había comenzado.
Me llamo Elena Navarro, tengo cincuenta y ocho años y pensé que pasar unos días en la cabaña del lago de mi hijo Álvaro me ayudaría a sentirme más cerca de él. Hacía meses que lo notaba distante, irritable, siempre con excusas para no visitarme en Madrid. Cuando me llamó para insistirme en que fuera…