Era Noche de Acción de Gracias cuando entré al drive-thru, buscando algo caliente para no volver a casa llorando. La cajera se inclinó por la ventanilla… y el mundo se quedó mudo. Tenía el lunar de mi hermana, la misma mirada que vi por última vez junto a su ataúd hace veinticuatro años. Me sostuvo la vista y susurró: «Por favor… no grites». ¿Entonces a quién enterramos?
La Noche de Acción de Gracias siempre me caía como una piedra en el pecho. En Miami, la ciudad no se detiene ni aunque uno esté roto por dentro. Yo, Valeria Navarro, llevaba dos horas dando vueltas en el coche, evitando volver a mi apartamento vacío y a la mesa para uno que nunca ponía….