Me dijeron que me fuera para que ella pudiera quedarse con mi habitación. No discutí; sonreí. En la fiesta de su nuevo hogar les pasé una caja elegante. “Por su nuevo comienzo”, dije. Cuando la abrieron, el silencio golpeó: dentro estaba el contrato de la casa… a mi nombre, y la orden de desalojo para mañana. Mi hijo palideció. Ella susurró: “¿Qué ha hecho?” Yo respondí: “Mañana lo sabrán.”
Cuando mi hijo Mateo me dijo, con esa voz ensayada, que debía mudarme “solo por un tiempo” para que su prometida, Valeria, pudiera tener mi habitación, entendí que ya habían tomado la decisión sin mí. Vivíamos en una casa modesta de Sevilla, la misma que yo mantuve durante años con dos trabajos tras divorciarme. No…