Mi hija volvió a casa temblando, con la mirada hecha añicos y la voz quebrada. Cuando al fin susurró: “Mamá… él me tocó”, no lloré ni grité… sonreí. En ese momento entendí que nadie la protegería por mí. “Te juro que lo va a pagar”, le dije mientras le acariciaba el cabello. Esa noche no dormí; perfeccioné un plan. Y cuando él abrió la puerta, aún no sabía que su infierno acababa de empezar.
Cuando perdí mi trabajo en la agencia de viajes, pensé que lo peor sería la vergüenza de tener que empezar de nuevo a los treinta y cuatro años. Me equivoqué. Lo peor fue llegar a casa, sentarme frente a mi esposo, Daniel Ortega, y escuchar cómo dejaba la copa de vino sobre la mesa con…