El día que enterramos a mi padre, la iglesia estaba llena y el aire olía a cera y flores marchitas. Todos lloraban… menos yo. Porque justo cuando el ataúd empezó a bajar, sentí una mano apretando la mía desde el último banco. Me giré, temblando. Vi su cara. La misma que acabábamos de despedir. Y entonces susurró: “No confíes en nadie. Ni siquiera en tu madre.”
Me llamo Clara Martín, tengo 36 años y siempre creí conocer a mi familia. Mi padre, Javier Martín, era un hombre serio, reservado, de esos que no hablan de más. Murió —eso nos dijeron— de un infarto fulminante una madrugada de enero en Toledo. El médico firmó, el tanatorio se llenó, y mi madre, Carmen,…