Mi hija, embarazada de ocho meses, me llamó llorando a mares: —Papá, ven a buscarme… por favor. Cuando llegué a casa de sus suegros, su suegra me cerró el paso en la puerta y soltó, sin pestañear: —Ella no tiene permitido salir. La aparté de un empujón para poder entrar, y en cuanto vi a mi hija tirada en el suelo, supe que aquello no era una simple “discusión familiar”. No. Era algo mucho más grave… algo que estaban ocultando a propósito. Creyeron que yo me iría en silencio, que aceptaría sus palabras y me marcharía como si nada. No tenían ni idea de lo que significa el instinto de un padre cuando ve a su hija indefensa. No sabían que, en ese instante, una furia imposible de contener estaba a punto de caerles encima y cambiarles el mundo para siempre.
El teléfono sonó a las 2:17 de la madrugada. En la pantalla apareció el nombre de mi hija: Lucía. Contesté con el corazón encogido, y lo primero que escuché fue su respiración rota por el llanto.—Papá… ven a buscarme. Por favor.—¿Dónde estás? ¿Qué pasa?—En casa de los padres de Álvaro… No puedo más. Lucía tenía…