Nunca pensé que mi propia boda sería mi humillación pública. “Sonríe, sin mí no serías nada”, susurró mi padrastro frente a todos. Yo sonreí… y me fui. A la mañana siguiente, su empresa había desaparecido, su casa ya no era suya. Mi teléfono vibraba sin parar: 31 llamadas perdidas. “Por favor, hablemos…”, rogaba. Pero hay silencios que se ganan. Y el mío apenas comenzaba.
Me llamo Lucía Morales y el día de mi boda debía ser el más feliz de mi vida. La ceremonia se celebraba en una finca a las afueras de Sevilla, rodeada de amigos, familiares y colegas de trabajo. Todo estaba perfectamente organizado… hasta que apareció Javier Ortega, mi padrastro. Desde que mi madre falleció, nuestra…