Me convertí en viuda y guardé un secreto: ya había aceptado un trabajo en el extranjero. Una semana después, mi hijo lanzó una “bomba”: “Mamá, ahora que papá murió, quédate conmigo… y cuida al bebé a tiempo completo”. Sentí que me faltaba el aire. “¿Qué dijiste?”, susurré. Me miró como si fuera una orden, no una súplica. Sonreí… porque mi vuelo ya estaba reservado. Y él aún no sabía lo que estaba a punto de perder.
Me llamo Laura Martín, tengo 58 años y aún me cuesta decir en voz alta que soy viuda. Javier, mi marido, murió de un infarto una mañana cualquiera, en la cocina, con el café aún humeando. En los días del tanatorio todo el mundo repetía “eres fuerte”, pero nadie veía cómo me temblaban las manos…