Mi nieto me llamó a las cinco de la mañana. —“Abuela, hoy no te pongas el abrigo rojo” —susurró, con la voz temblando. No me explicó nada más. A las nueve, cuando llegué a la parada del autobús y vi a la multitud, sentí que la sangre se me helaba. Entonces lo entendí. Y supe que esa llamada no había sido una advertencia… sino una despedida.
Me llamo Lucía Martínez, tengo sesenta y dos años y llevo una vida sencilla en un barrio obrero de Valencia. Aquella mañana empezó de una forma extraña. A las cinco en punto, mi teléfono sonó. Era Daniel, mi nieto de diecisiete años. Nunca llama tan temprano. Contesté medio dormida, pensando que algo malo había pasado.—Abuela,…