Me quedé paralizada al verlas: decenas de diminutos bultitos rojos salpicaban la espalda de mi marido, agrupados como si alguien los hubiera colocado allí. “Seguramente es un sarpullido”, murmuró, intentando quitárselo de encima con una risa. Pero a mí se me revolvió el estómago. En la clínica, el médico se inclinó para mirar de cerca y, de pronto, se quedó extrañamente inmóvil. Entornó los labios, se le fue el color de la cara y los ojos se le apagaron. Susurró: “No vuelvan a casa. Llamen a la policía. Ahora.”
Me quedé helada cuando lo vi: decenas de puntitos rojos, diminutos, salpicaban la espalda de mi marido, Iván, agrupados en líneas cortas, como si alguien los hubiera colocado con paciencia. “Será una alergia”, murmuró, forzando una risa mientras se subía la camiseta. Pero a mí se me revolvió el estómago. No picaban, decía; no le…