Mi suegra trajo sopa y dijo: “Para que recuperes fuerzas.” Cuando se fue, la vertí en su taza. Él la bebió completa, sonriendo… hasta que, minutos después, arañó el aire y sus ojos me suplicaron. Entonces sonó el teléfono: “¿Ya se fue ella?”, preguntó mi suegra. Apreté el móvil y respondí: “No… él.” Y aún escucho su risa al otro lado.
Me llamo Lucía Navarro y todavía puedo repetir, palabra por palabra, la frase con la que Marta, mi suegra, entró a nuestra cocina aquella tarde: “Para que recuperes fuerzas.” Traía una olla de sopa humeante, como si fuera un gesto de amor. Mi esposo, Javier Ortega, estaba sentado en la mesa, pálido, con el pecho…