En medio de la oficina, él se rió y volcó una bolsa de basura sobre mi cabeza como si fuera una broma. —Aquí es donde perteneces— se burló con desprecio. La sala estalló: sillas chirriando, teléfonos vibrando, todo el mundo mirándome mientras me convertía en el chiste del día. Yo no grité. No salí corriendo. Me saqué los restos del pelo, uno por uno, y le sostuve la mirada. —Gracias— dije en voz baja—. No voy a olvidar esto. Su sonrisa se crispó apenas. Nadie se dio cuenta… pero por dentro, algo ya había empezado a moverse.
En la oficina de Soluciones Meridiana, a las once y media del martes, todo olía a café recalentado y a prisa. Yo, Lucía Navarro, estaba terminando un informe de gastos cuando Héctor Salvatierra salió de la sala de archivo con una bolsa negra en la mano. Era el jefe de operaciones, el tipo que se…