En mi audiencia de divorcio, mi marido multimillonario se echó hacia atrás en la silla y sonrió con desprecio, lo bastante alto como para que todo el juzgado lo oyera. —¿Sin abogado? Típico. Ni siquiera puede permitirse representación. Se me encogió el estómago alrededor del bebé que llevaba dentro cuando el juez preguntó: —Señora, ¿está lista para continuar? Yo apenas pude tragar saliva. Susurré, casi sin voz: —No tengo a nadie… Hasta que las puertas se abrieron de golpe. Una voz de mujer rompió el silencio, firme y clara: —¡Objeción! Sí tiene a alguien. Y en ese instante, la cara de mi marido se quedó helada, como si le hubieran apagado la sonrisa de un golpe.
Aquella mañana en el Juzgado de Familia de Valencia, el aire olía a papel húmedo y café barato. Me llamo Lucía Navarro y llevaba una mano sobre el vientre, seis meses de embarazo, intentando que el temblor no se notara. No era solo el miedo al juez: era la forma en que Álvaro Requena, mi…