El día de mi boda, la familia de mi prometido se burló de mi madre delante de 200 personas. Dijeron: “Esa no es su madre… esa es la empleada doméstica.” La familia de mi prometido se rió. Yo me levanté, miré a todos y cancelé la boda. Entonces mi madre me miró y me dijo en voz baja: “Hija mía… soy multimillonaria.” Mi vida cambió para siempre.
El salón del Hotel Mirador estaba lleno: casi doscientos invitados, flores blancas, copas alineadas como soldados, cámaras esperando el beso. Yo, Lucía Ortega, respiraba hondo para no desmoronarme. Mi madre, Elena, estaba sentada en primera fila con un vestido sencillo azul marino, el pelo recogido y esas manos que siempre olían a jabón y a…