Soy conductor de un autobús escolar: misma ruta, mismos niños… hasta que apareció ella. Cada mañana sube la última, con la cabeza baja, y mete a toda prisa algo debajo del mismo asiento, como si le diera pánico que alguien la viera. Hoy, por fin, caminé hacia el fondo. —¿Qué estás escondiendo? —le pregunté. Ella se estremeció, apenas respirando, y susurró: —Por favor… no. Le harán daño a él. Metí la mano bajo su asiento… y se me heló la sangre. Porque no era una bolsa. Era una prueba.
Cada mañana, a las 6:25, arrancaba el autobús escolar del barrio de San Isidro. Mismo recorrido, mismos niños con sueño, mismas bromas en el espejo retrovisor. Yo, Javier Molina, llevaba once años en esa ruta. Por eso noté a Lucía Torres el primer día. Subía siempre la última, justo antes de que cerrara la puerta….