Estaba a pocos minutos de firmar un contrato de mil millones cuando los vi: dos bebés recién nacidos, con la cara roja, gritando a pleno pulmón junto a una mujer sin hogar desplomada en la acera. Frené en seco. —¡Oiga! ¡Señora! ¿Me escucha? —grité, agachándome a su lado. No hubo respuesta. Me arrodillé más cerca… y el corazón se me detuvo. Era ella. Mi esposa. La misma que había desaparecido hacía dos años sin dejar rastro. Tragué saliva y susurré, temblando: —¿Cómo… cómo estás aquí…? Uno de los bebés cerró su puñito alrededor de mi dedo, como si me suplicara que no lo dejara. Podía perder el trato si me quedaba. Pero acababa de encontrar algo que valía mucho más que cualquier contrato… y la verdad apenas estaba comenzando.
Estaba a minutos de firmar un contrato de mil millones de euros. El coche avanzaba por la avenida del centro de Madrid, y yo repetía mentalmente los puntos clave: cláusulas, plazos, penalizaciones. Mi socio, Javier Salcedo, no dejaba de llamar; el bufete esperaba mi llegada. Faltaban diez minutos para que todo lo que había construido…