—“Esto es para nuestra casa nueva. Tú ya no necesitas nada de esto”, dijo mi hijo sin mirarme a los ojos. Vi cómo cargaban mi vida entera en ese camión: mis muebles, mis recuerdos, hasta los cuadros que pinté con sus manos pequeñas ayudándome. Cuando arrancaron, creí que todo había terminado… hasta que, al llegar al portón, pisaron los frenos de golpe y sus rostros se volvieron blancos de terror.
—«Esto es para nuestra casa nueva. Mamá, ya no necesitas nada de esto»—dijo Daniel sin mirarme a los ojos mientras señalaba mis muebles como si fueran cajas viejas sin valor. Me quedé de pie en medio de la sala, con las manos frías y la espalda rígida, viendo cómo él y su esposa, Laura, movían…