Nunca le dije a mi yerno que yo había sido el sargento instructor más temido en la historia de los Marines. Obligaba a mi hija embarazada a fregar los suelos mientras él jugaba videojuegos. —Si dejas una mancha, no comes —se burló con desprecio. No pude soportarlo más. Le di una patada al cable de la consola y el juego se apagó de golpe. Él saltó del sofá, furioso. —¡Viejo loco! No tuvo tiempo ni de parpadear. Ya lo tenía contra la pared, sujeto por el cuello, con los pies colgando del suelo. —Escucha con atención, gusano —gruñí—. El campamento de entrenamiento empieza ahora.
Nunca le dije a mi yerno quién había sido yo antes de jubilarme. Para Javier Molina, yo solo era Ramón Ortega, un suegro silencioso, canoso, que evitaba discusiones y llegaba los domingos con fruta para su hija. Mi hija Lucía, embarazada de siete meses, vivía con él en un piso pequeño de las afueras de…