“Cancela las tarjetas y cambia las cerraduras hoy mismo”, me susurré a mí misma mientras el técnico me miraba con pena. Mi marido llevaba semanas muerto… y aun así, su teléfono seguía hablando. Cada mensaje programado era una puñalada retrasada, una cuenta regresiva hacia algo que yo no estaba lista para leer. Cuando vi el primer nombre en la pantalla, supe que mi matrimonio había terminado mucho antes de su muerte.
Me llamo Carmen Álvarez, y siempre creí conocer al hombre con el que compartí veinte años de mi vida. Javier no era perfecto, pero era predecible. O eso pensaba. El día que llevé su teléfono a reparar, solo quería recuperar fotos, voces, restos de una vida que se me había ido de golpe. Nunca imaginé…