En el funeral de mi hijo, mi nuera sonrió y dijo en voz alta: “Todo queda en buenas manos.” El ático de Nueva York, las acciones, el yate… todo para ella. A mí me dieron un sobre arrugado. Cuando lo abrí, la sala estalló en risas: solo había un billete de avión a un pueblo perdido de Francia. No respondí. Pero al llegar allí, un chófer me dijo cinco palabras que lo cambiaron todo…
Me llamo Antonio Salgado, tengo sesenta y ocho años y toda mi vida la construí en Madrid.La empresa familiar no nació de la nada. La levanté con mi hijo, Javier, cuando aún comíamos bocadillos sentados en el suelo de la oficina. El día de su funeral llovía. No una lluvia dramática, sino esa lluvia fina…