El día que el oncólogo de mi marido susurró: “Se nos han agotado las opciones”, yo era quien le sostenía la mano temblorosa… y, aun así, mis suegros me miraban como si yo hubiera envenenado la vía del suero. En el funeral, su madre me escupió al oído: “Tú querías que él desapareciera”. Una semana después llegó la citación: me demandan por su muerte, dicen que fue una “muerte injusta”. Pero si yo soy la villana… ¿por qué mi marido me dejó una grabación con una nota que decía: “Reprodúcelo cuando yo ya no esté”?
El día que el oncólogo de mi esposo bajó la voz y susurró: “No nos quedan opciones”, yo fui la que sostuvo su mano temblorosa. Se llamaba Javier Morales, y aún así apretó mis dedos como si pudiera anclarse a algo firme. En la habitación olía a desinfectante y a café recalentado. Yo escuchaba la…