Caminé por la nieve helada con mi recién nacido en brazos porque mis padres decían que estábamos en la ruina. De repente, se detuvo a mi lado el coche de mi abuelo, que era un hombre adinerado. Bajó la ventanilla y me miró, serio. —¿Por qué no estás conduciendo el Mercedes que te compré? —exigió. Tragué saliva y apenas pude responder. —Mi hermana lo tiene —susurré. Mi abuelo apretó la mandíbula, giró la cabeza hacia su chófer y ordenó, sin titubear: —A la comisaría. Ahora. Más tarde, cuando revisamos los registros del banco, la verdad detrás de mi supuesta “pobreza” dejó al agente completamente en shock…
La nevada había caído de golpe sobre Zaragoza, de esas que apagan el ruido y dejan las calles como un pasillo blanco. Yo caminaba con mi bebé recién nacido, Leo, pegado a mi pecho dentro del abrigo, intentando que su respiración no se enfriara. Cada paso crujía, y yo apretaba los dientes para no llorar….