En el quinto cumpleaños de mi hijo, le compré una figura de acción de un superhéroe. Corrió emocionado hacia su abuelo y dijo con orgullo: «¡Este es mi papá! ¡Mi papá es un superhéroe!» El rostro de su abuelo se ensombreció de ira… y justo en ese instante, mi esposo cruzó la puerta. Todo cambió.
Mi hijo Mateo estaba a punto de cumplir cinco años y, durante semanas, solo hablaba de una cosa: los héroes que protegían a la gente. No los que volaban ni lanzaban rayos, sino los que “cuidaban a los demás”. Vivíamos en una casa modesta en las afueras de Alcalá de Henares, y yo había preparado…