Cuando mi esposo exigió el divorcio, se burló de mí y dijo con desprecio: —Quiero la casa, los coches… todo, excepto al niño. Mi abogada me rogó que luchara, que no aceptara un acuerdo tan injusto. Yo solo negué con la cabeza y respondí con calma: —Dáselo todo. La gente empezó a murmurar a mis espaldas, convencida de que había perdido la razón. En la audiencia final firmé cada documento sin dudar. Él sonrió, creyéndose victorioso… hasta que, de repente, su propio abogado se quedó paralizado a mitad de la frase.
El día que Javier me pidió el divorcio no levantó la voz ni fingió tristeza. Estaba sentado frente a mí, con los brazos cruzados y una sonrisa torcida que jamás olvidaré. “Quiero la casa, los coches, las cuentas… todo”, dijo con frialdad. Hizo una pausa breve y añadió, casi con desprecio: “Todo, menos el niño….