La madre de mi nuera falleció y, durante el funeral, conocí a una “hermana” de la que ella jamás había hablado. Se parecían demasiado como para ser casualidad. Más tarde, en el baño, las escuché susurrar: «Ahora que mamá está muerta, nadie sabrá lo que hicimos». En ese instante, el miedo me recorrió el cuerpo. Lo que descubrí después fue tan grave que me obligó a huir para salvar mi vida.
Me quedé al fondo de la funeraria, con el bolso apretado contra el pecho, observando cómo la gente avanzaba en silencio frente al ataúd abierto. El olor a lirios se mezclaba con la madera pulida, creando una atmósfera pesada, casi irreal. Dentro del ataúd yacía Carmen Salgado, la madre de mi nuera. Su rostro parecía…