Me quedé mirando la factura del hospital, con las manos temblorosas. «Diez mil dólares para mañana», dijo la enfermera con suavidad. Cuando mi jefe multimillonario se recostó y susurró: «Una noche. Sin preguntas. Yo lo cubro», se me cerró el pecho. Me repetí que era solo un trato, nada más. Pero cuando las puertas del ascensor se cerraron detrás de nosotros, comprendí que esto ya no iba de dinero. Una decisión. Una noche. Y un futuro que nunca vi venir.
Miré la factura del hospital con las manos temblorosas. Diez mil dólares. El número parecía burlarse de mí desde el papel blanco. Mi madre estaba conectada a máquinas, respirando con dificultad después del accidente, y yo apenas podía pensar con claridad. La enfermera, con voz suave pero firme, me dijo que el pago debía hacerse…