Cuando le dije a mi hija: «El dinero de la granja no es tuyo», su sonrisa se quebró y se volvió algo salvaje. «Te vas a arrepentir», siseó. Entonces mi hijo mayor dio un paso al frente, y la grieta en mi pecho me robó el aliento cuando caí al suelo. Allí, tirado, jadeando, no grité. No supliqué. Hice una sola llamada. Veinte minutos después, aprendieron lo rápido que el poder puede cambiar de manos.
Desde que murió mi esposa, la finca de olivos en Jaén se convirtió en mi única brújula. No era una fortuna de ciudad, pero daba para vivir, pagar a los jornaleros y dejar algo a mis hijos. Yo, Manuel Ortega, había repetido mil veces que el dinero de la última campaña se guardaría para arreglar…