La noche antes de mi boda, me quedé paralizada fuera de la puerta y lo escuché reírse con sus amigos. «Tranquilos», dijo. «Ella solo es una elección temporal… hasta que aparezca alguien mejor». Se me heló el estómago, pero mi rostro se mantuvo sereno. A la mañana siguiente, él me esperaba en el altar, engreído y radiante. Yo entré—con la mirada fija en él—pero no para convertirme en su esposa. Levanté el sobre y susurré: «¿Querías algo mejor?». Entonces llegó la sorpresa y él cayó de rodillas… Pero eso solo fue el comienzo.
La noche anterior a mi boda con Javier Ortega, me quedé inmóvil frente a la puerta del salón privado del hotel. Había ido a dejarle unas copas de cava que el encargado me pidió entregar “personalmente”, y escuché risas, vasos chocando y un coro de voces masculinas. Reconocí la de Javier, suelta, confiada, como si…