Cuando la amante embarazada de mi marido llegó por sus maletas, me sonrió y, acariciándose el vientre, susurró: “Ya sabes cómo es… un hombre de negocios, siempre ocupado”. Yo asentí, tranquila. Pero por dentro contaba los segundos. Esa noche, cuando él abrió las maletas, palideció: “¿QUÉ… qué es esto?”. El silencio se volvió un grito. Y entonces entendí que lo peor no era la traición… sino lo que yo había dejado dentro.
Me llamo Lucía y llevo doce años casada con Javier. No soy ingenua; solo fui paciente. Durante meses, su teléfono vibraba a las dos de la madrugada, sus “viajes de negocios” se multiplicaban y el olor a colonia ajena se quedaba pegado en su camisa como una firma. Una tarde, mientras él se duchaba, vi…