Yo sonreía mientras mi hija pronunciaba sus votos cuando su suegra deslizó sobre la mesa una caja de regalo de terciopelo. —Para la novia —ronroneó. Mi niña la abrió y un uniforme de empleada doméstica se derramó en sus manos temblorosas. Mi yerno se echó a reír. —Perfecto. Justo lo que necesitará en casa. Los ojos de mi hija se llenaron de lágrimas y los labios le temblaban. Me levanté despacio. —Qué gracioso —dije, colocando mi propia caja junto a la suya—. Porque yo también traje un regalo… y no es para ella. Cuando ella levantó la tapa, la sala se olvidó de cómo respirar.
Yo sonreía mientras mi hija Lucía pronunciaba sus votos, intentando que nadie notara cómo me temblaban las manos. Habíamos llegado hasta allí después de años de esfuerzo: turnos dobles en el taller, domingos sin descanso, y una beca que ella ganó con notas impecables. La ceremonia en una finca de las afueras de Sevilla parecía…